No puedo dormir, no se si voy a volver a dormir algún día. No tengo muy claro si convencerme de que no pasa nada o hacer un mundo de todo esto. Sinceramente no estoy preparado para tirar mi vida por la ventana. No estoy preparado para que sea otra persona la que escuche mis tonterías, mis preocupaciones o mis tequieros... Pero eso sería egoista: yo, mis, mis, mis...
Creo que mis sentimientos nublan mi juicio ¿Pero no es precisamente eso estar enamorado? No, no lo es. Estar enamorado es pensar en plural... Tanto cuando hay un Nosotros como cuando tan sólo hay un Tu y yo. ¿Estar enamorado es entonces respetar la felicidad de la otra persona pase lo que pase? Y dejarla cometer el error más grande de mi vida (sí, de la mía). Pues es la mía la que se cae por la ya famosa ventana, a la suya tan solo le queda mejorar.
Se me acumulan los deberes, pues aun no estoy hundido y cuando lo haya hecho aun tendré que deprimirme, enfadarme, asumir y después de todo eso levantarme para, así, completar el verdadero ciclo de la vida (aplicable a todas las facetas de la vida como la teoría de Sick Boy). En este caso aplicable a la felicidad: "Tan pronto la tienes, tan pronto no".
- Pero... ¿Cómo?¿Ya te rindes?.... ¿No piensas luchar por ella?
- Ha tomado su decisión... He de respetarla, estoy enamorado...
- ¡Pero si tanto la quieres no puedes dejar que tome una mala decisión!
- No se como pretendes que haga eso, en serio... yo...
- Anda y sal ahí fuera, no pretendas que cambie de idea. Tan sólo demuéstrala que lo darías todo por ella, que por eso tú eres su decisión acertada.
sábado, 19 de marzo de 2011
jueves, 10 de marzo de 2011
Verdades
un mar de luces metálicas
aun vestidas de pijama
se yergue en el horizonte.
Raíles oxidados
chirrían al paso de los trenes
mientras las primeras cabezas se cobijan en los respaldos
obviando el cantar monótono de las estaciones.
Recuerdos e ilusiones se dispersan
en el camino que recorren las miradas desde los ojos
hasta esa difusa linea anaranjada
que marca el amanecer en el horizonte.
Los pensamientos se escapan
al atravesar el cristal
a sabiendas de su inutilidad
durante las 8, 12 o 14 horas restantes.
Es el silencio de ataúd la respuesta insustancial
al vaivén de cuerpos aletargados en los vagones
que intercambian los asientos
dejando incrustada,
como si de un virus se tratase ,
la resignación
de tener que gastar la vida malviviendo
por billetes de colores que,
al final,
solo servirán para decorar sus tumbas.
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