jueves, 10 de marzo de 2011

Verdades

un mar de luces metálicas
aun vestidas de pijama
se yergue en el horizonte.
Raíles oxidados
chirrían al paso de los trenes
mientras las primeras cabezas se cobijan en los respaldos
obviando el cantar monótono de las estaciones.
Recuerdos e ilusiones se dispersan
en el camino que recorren las miradas desde los ojos
hasta esa difusa linea anaranjada
que marca el amanecer en el horizonte.
Los pensamientos se escapan
al atravesar el cristal
a sabiendas de su inutilidad
durante las 8, 12 o 14 horas restantes.
Es el silencio de ataúd la respuesta insustancial
al vaivén de cuerpos aletargados en los vagones
que intercambian los asientos
dejando incrustada,
como si de un virus se tratase ,
la resignación
de tener que gastar la vida malviviendo
por billetes de colores que,
al final,
solo servirán para decorar sus tumbas.












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