Palabras necias lanzadas contra una pared
componen frases, corriendo una tras otra.
Y muerden los oídos del que no quiere ver
que la pared tiene razón y lo ignora.
Se alzan a infinito las escaleras de voces,
huyen para que la soledad no las oiga,
mas que las espera sino clamores feroces
del roto espejo, de la pared paranoica.
Y todas las cuchilladas, dadas sin querer,
sangran más que una sola rosa, que podan
del gran seto de en medio del jardín del edén
y dolerán mucho más de lo que cortan.
Y en esa pared quedarán pintados sin leer
versos sangrientos, de aquella lucha sin honra
en una guerra sin fin, entre banderas sin piel
de espadas por miradas y rifles por bocas.
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