lunes, 19 de septiembre de 2011

Al final del día... Siempre es Ella. ¿Ella..? ¿Quién?


Ella en mayúsculas, Ella en genérico, en concreto y en plural. Formo parte de esa clase de personas que no funcionan sin suspirar por alguien cada noche. Demasiado mayor para seguir siendo un niño, demasiado pequeño para ser adulto.
Soy la huella de mi entorno, soy, al fin y al cabo, de vosotros... de todas esas personas que vinieron, me miraron a los ojos y se marcharon, de esas mujeres que me besaron apasionadamente y se cansaron del tacto de los labios. Soy tal y como me ha hecho la vida, como me hicieron los demás. El resultado de toda experiencia, de cada alegría y sobre todo de cada fracaso. Porque nos guste o no, más marca una pérdida que una victoria y el precio del error nos define y nos moldea a su antojo. Ese Error aleatorio y caprichoso.
Y ya no tengo esa chispa que enamora, ya no tengo esa suerte que es tu boca. Y es así, en mi más absoluta soledad y llaneza, cuando existe un Yo puro, sin sucedáneos ni edulcorado. Triste, explicito, empático, dispuesto, extrovertido, cínico, melancólico, romántico y gracioso, animado y malpensado. Atormentado. Por la lividez de la vida, por la temporalidad de las cosas, pero sobre todo, de las personas. Aterrado, más bien, por perderte, seas quien seas, pues hoy por hoy somos perfectos, pero yo cambiaré, tu cambiarás y seremos opuestos. Y pasará, claro que pasará. Y cuando pase no nos odiaremos, ¡ojalá nos odiásemos!. Nos daremos igual. Porque el recuerdo perdura en nuestra cabeza y no en nuestros corazones, haremos otra muesca en la culata de nuestros revólveres, atravesando el arma y mellando el alma, quedando marcados para nunca retornar al Yo de ayer. A ese que fue válido una vez. Tan distinto al Tu de mañana...

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